La fórmula de la vida

Abajo copio el apartado 5 del capítulo VII del libro La función del orgasmo de Wilhelm Reich.

El texto está trabajado con frases subrayadas y con alguna palabra en negrita, fruto de mis primeras impresiones. Lo he dejado así (aunque pudiera haber sido de muchas otras formas) de cara a facilitar mi lectura posterior y quizás también para agilizar el estudio del lector. En cualquier caso, este texto merece toda nuestra atención (al igual que el resto del libro) y estudio, interiorización y experimentación, como todo el material de este genio de la humanidad, que como se ve en la imagen de abajo acabo encarcelado (y asesinado) por la gran fuerza anti-jcibu de su trabajo. ¡Solo me nacen pensamientos y palabras de gratitud!

Wilhelm Reich detenido

JM


5. LA FÓRMULA DEL ORGASMO:
TENSIÓN → CARGA → DESCARGA → RELAJACIÓN

El “algo” desconocido que yo buscaba no podía ser otra cosa que bioelectridad. Eso se me ocurrió cierto día en que trataba de comprender la fisiología de la fricción sexual entre el pene y la membrana mucosa vaginal. La fricción sexual es un proceso biológico fundamental; ocurre en el reino animal siempre que la procreación se efectúa por medio de dos sexos distintos. En tal proceso, dos superficies del cuerpo están en fricción mutua; de ello resulta excitación biológica así como congestión, expansión, “erección”. Kraus, el internista berlinés, llevando a cabo experimentos novedosos, encontró que el cuerpo está regido por procesos eléctricos. El cuerpo consiste de innumerables “superficies limítrofes” entre las membranas y los fluidos electrolíticos de diversa densidad y composición. Según una conocida ley de física, las tensiones eléctricas se desarrollan en el límite entre los fluidos conductores y las membranas. En vista de que hay diferencias en la densidad y en la estructura de las membranas, se dan también diferencias de tensión en las superficies limítrofes y, en consecuencia, diferencias de potencial de intensidad diversas. Las diferencias de potencial pueden compararse con la diferencia de energía entre dos cuerpos a diferentes alturas. Al caer, el que está a mayor altura puede realizar más trabajo que el que está a menor altura. El mismo peso, digamos de un kilógramo, hará penetrar un pilón a mayor profundidad en el suelo si cae desde una altura de tres metros que desde una altura de un metro. La “energía potencial de posición” es mayor, y, en consecuencia, la “energía cinética” es mayor al liberar esa energía potencial. El principio de la diferencia de potencial puede aplicarse sin dificultad a las diferencias en las tensiones eléctricas. Cuando un cuerpo muy cargado se conecta por medio de un cable a uno menos cargado, fluirá una corriente del primero al segundo; la energía eléctrica estática se convierte en energía corriente (es decir, en movimiento). Se establece una igualación entre las dos cargas, del mismo modo que el nivel del agua en dos recipientes se iguala cuando éstos se conectan por un tubo. Esa igualación de energía siempre presupone una diferencia de energía potencial. Ahora bien, nuestro cuerpo consiste de innumerables superficies internas de distinta energía potencial. En consecuencia, la energía eléctrica del cuerpo se halla en constante movimiento entre lugares de potencial mayor y otros de potencial menor. Los conductores de las cargas eléctricas en ese continuo proceso de igualación son las partículas de los fluidos del cuerpo, los iones. Estos son átomos que albergan una determinada cantidad de carga eléctrica; según se dirijan hacia el polo negativo o positivo, se llaman cationes o aniones. ¿Pero qué tiene que ver todo eso con el problema de la sexualidad? ¡Pues mucho!

La tensión sexual se siente en todo el cuerpo, pero especialmente en el corazón y el abdomen. Gradualmente, la excitación se concentra en los genitales, que se llenan de sangre, y en cuya superficie ocurren cargas eléctricas. Sabemos que un toque delicado en una parte sexualmente excitada del cuerpo provoca excitación en otras partes. La tensión o la excitación aumentan con la fricción, culminando en el orgasmo, un estado en el cual se producen contracciones involuntarias de la musculatura de los genitales y del cuerpo como un todo. Es un hecho bien conocido que la contracción muscular es acompañada por la descarga de energía eléctrica. Esa descarga puede ser medida y representada en forma de una curva gráfica. Algunos fisiólogos opinan que los nervios almacenan energía que se descarga en la contracción muscular. No es el nervio, sino únicamente el músculo, capaz de contraerse, el que puede descargar energía. Con la fricción sexual, la energía es almacenada en ambos cuerpos, y luego descargada en el orgasmo. El orgasmo debe ser entonces un fenómeno de descarga eléctrica. La estructura de los genitales está especialmente adaptada para ello: gran vascularidad, densos ganglios nerviosos, erectilidad, y una musculatura especial capaz de contracciones espontáneas.

Investigando el proceso más detenidamente, se descubre un movimiento en cuatro tiempos:

1. Los órganos se llenan de fluido: erección con tensión mecánica. 
2. Eso conduce a una excitación intensa, que supuse de naturaleza eléctrica: carga eléctrica. 
3. En el orgasmo, la carga eléctrica o excitación sexual, se descarga en contracciones musculares: descarga eléctrica. 
4. Sigue la relajación de los genitales, mediante un reflujo de los fluidos corporales: relación mecánica. 

Esos cuatro tiempos: TENSIÓN MECÁNICA → CARGA ELÉCTRICA → DESCARGA ELÉCTRICA → RELAJACIÓN MECÁNICA, recibieron el nombre de fórmula del orgasmo.

Podemos imaginarnos en forma sencilla el proceso descrito. Volvamos aquí al funcionamiento de la vejiga elástica inflada, acerca de la cual había estado pensando unos seis años antes del descubrimiento de la fórmula del orgasmo. Comparemos dos esferas, una rígida, de metal, y otra elástica, digamos una vejiga de cerdo, o una ameba.

La esfera metálica sería hueca, mientras que la vejiga de cerdo contendría un complejo sistema de fluidos y membranas de densidad y conductividad diferentes. Además, la esfera metálica recibiría su carga eléctrica desde afuera, digamos, de una máquina estática; la vejiga de cerdo, en cambio, contendría en el centro un aparato de carga de acción automática, es decir, sería cargada espontáneamente desde adentro. Según leyes fundamentales de física, la carga de la esfera de metal se distribuiría en forma pareja sobre la superficie, y únicamente sobre ella. La vejiga de cerdo, en cambio, estaría cargada en todas sus partes; debido a las diferencias en densidad y a la variedad de fluidos y membranas, la carga variaría de un lugar a otro; además, las cargas estarían en movimiento continuo desde los lugares de potencial elevado a los de menor potencial. Pero, en general, predominaría una dirección: desde el centro, la fuente de energía eléctrica, a la periferia. Por tal razón, la vejiga se dilataría y contraería más o menos continuamente. De cuando en cuando —como la vorticella— retornaría a la forma esférica, en la cual —manteniéndose constantemente el contenido— la tensión superficial es menor.

Fórmula del orgasmo a

En el caso de que la producción de energía interior fuera excesiva, la vejiga la descargaría por medio de algunas contracciones, es decir, que podría regularla. Esa descarga de energía sería sumamente placentera, pues eliminaría la tensión contenida. En estado de expansión longitudinal, la vejiga podría ejecutar varios movimientos rítmicos, como expansión y contracción alternantes, el movimiento de una lombriz o de peristalsis intestinal:

Fórmula del orgasmo b

O el cuerpo entero podría hacer en movimiento serpentino:

Fórmula del orgasmo c

En esos movimientos, el organismo de la vejiga eléctrica formaría una unidad. Si pudiera sentir, experimentaría esa alternancia rítmica de expansión y contracción como placentera; se sentiría como un niño que salta hacia arriba y abajo rítmicamente con alegría. Durante esos movimientos, la energía bioeléctrica estaría constantemente en estado de tensión—carga y descarga—relajación. Se convertiría en calor, energía mecánica, cinética, o trabajo. Una vejiga de tal índole, se sentiría, como el niño, identificada con el ambiente, el mundo, los objetos. Si hubiera varias vejigas, tomarían contacto inmediatamente unas con otras, pues cada una identificaría la experiencia de su ritmo y movimiento propios con la de las demás. No serían capaces de comprender el desprecio por los movimientos naturales, ni tampoco la conducta no natural. La producción continua de energía interior garantizaría el desarrollo, lo mismo que en el caso del brote de las plantas o de la división progresiva de células, después del agregado de energía por medio de la fertilización. Más todavía, el desarrollo no tendría fin. El trabajo se efectuaría dentro de la estructura de la actividad biológica natural, y no en contra de ella

La expansión longitudinal durante largos períodos de tiempo, tendería a hacer que la vejiga mantuviera esa forma y podría conducir al desarrollo de un aparato de soporte (esqueleto) en el organismo. Ello haría imposible el retorno a la forma esférica, pero la flexión y la extensión serían todavía completamente factibles, es decir, existiría aún el metabolismo de la energía. Por cierto, la presencia de ese esqueleto haría ál organismo más vulnerable a las perjudiciales inhibiciones de la motilidad, pero en sí no constituiría una inhibición. Tal inhibición sólo podría compararse con el hecho de sujetar a una serpiente por un punto de su cuerpo. Si atáramos a una serpiente por un punto cualquiera del cuerpo, perdería el ritmo y la unidad del movimiento orgánico ondulado, incluso en aquellas partes del cuerpo que quedaran libres.

El cuerpo animal y el humano se asemejan en realidad a la vejiga que acabamos de describir. Para completar el cuadro, debemos introducir un mecanismo bombeador automático que hace circular el fluido a un ritmo uniforme desde el centro a la periferia y de vuelta: el sistema cardiovascular. Aun en las etapas más inferiores del desarrollo, el cuerpo animal posee un aparato central para la producción de bioelectricidad. En los metazoarios, tal aparato está formado por los llamados ganchos vegetativos, que son conglomerados de células nerviosas situados a intervalos regulares y unidos por fibrillas a todos los órganos y sus partes respectivas. Regulan las funciones vitales involuntarias y son los órganos de las sensaciones y sentimientos vegetativos. Forman una unidad conexa, un “sincitio”, y al mismo tiempo están divididos en dos grupos que tienen cada uno una función opuesta: simpático y parasimpático. 

Nuestra imaginaria vejiga puede expandirse y contraerse. Podría expandirse a un grado extremo y luego relajarse mediante unas pocas contracciones. Podría estar floja o tensa, relajada o excitada. Podría concentrar las cargas eléctricas junto con los fluidos que las conducen, ora más en un lugar, ora más en otro.

Fórmula del orgasmo d

Si se la comprimiera en toda su superficie, es decir, imposibilitando la expansión, mientras continuara simultáneamente la producción interna de energía, experimentaría constante angustia, o sea, una sensación de opresión y constricción. Si pudiese hablar, nos imploraría que la “liberáramos” de su doloroso estado. No le interesaría lo que pudiera sucederle, salvo una cosa: que el movimiento y el cambio reemplazaran su estado rígido y comprimido. Como no podría lograrlo por sí sola, alguien tendría que hacerlo por ella. Eso podría obtenerse arrojándola por el espacio (gimnasia), amasándola (masaje), si fuera necesario pinchándola (la fantasía de que la hacen estallar), dañándola (fantasía masoquista de ser golpeado, harakiri), y, si todo lo demás fracasara, derritiéndola o disolviéndola (nirvana, muerte sacrificial).

Una sociedad compuesta de tales vejigas crearía las filosofías más perfectas acerca de los ideales del “estado de ausencia de dolor”. En vista de que toda expansión causada por el placer o tendiente al placer sólo podría ser experimentada como dolorosa, la vejiga desarrollaría temor a la excitación placentera (angustia de placer) y, además, formularía teorías acerca de la cualidad “mala”, “pecaminosa” y “destructiva” del placer. En resumen, sería la imagen del ascético del siglo XX. Con el transcurso del tiempo, llegaría a aterrorizarse ante la mera idea de la posibilidad del relajamiento que tanto ansia; entonces lo odiaría, y finalmente lo castigaría con la muerte. Se uniría con otras de su clase en una sociedad de criaturas peculiarmente estiradas, e inventarían una serie de rígidas normas de vida. La única función de tales normas consistiría en mantener la producción interior de energía al mínimo; en otras palabras, mantener la adhesión a un camino conocido y tranquilo y a las reacciones acostumbradas. Tratarían de dominar, de alguna manera inadecuada, cualquier excedente de energía interior que no pudiera encontrar su natural salida en el placer o en el movimiento. Por ejemplo, introducirían la conducta sádica y ceremonias muy convencionales y de escaso sentido para ellas (por ejemplo, la conducta religiosa compulsiva). Las metas realistas se alcanzan por sus propias sendas adecuadas, y por eso provocan necesariamente movimiento y desasosiego en quienes las buscan.

La vejiga podría sufrir convulsiones repentinas, en las que la energía contenida se descargaría; es decir, podría sufrir ataques histéricos o epilépticos. También podría volverse completamente rígida y seca como un esquizofrénico catatónico. Aunque pudiera aparentar cualquier otra cosa, esa vejiga siempre sufriría angustia. Todo lo demás es el resultado inevitable de esa angustia, trátese de misticismo religioso, de fe en un Führer o de una insensata voluntad de morir. Dado que en la naturaleza todo se mueve, cambia, evoluciona, se expande y se contrae, esa vejiga acorazada se comportaría frente a la naturaleza en forma extraña y antagonista. Se creería “algo muy especial”, perteneciente a una “raza superior”, por ejemplo, porque viste cuello duro o uniforme. Representaría “una cultura” o “una raza”, “endemoniada”, “animal”, “desenfrenada” o “indecorosa”. Pero como no podría dejar de sentir en sí misma algún último vestigio de esa naturaleza, la trataría de manera efusiva y sentimental, por ejemplo, hablaría de “amor sublime”. Pensar en la naturaleza en función de contracciones del cuerpo sería una blasfemia. Al mismo tiempo esa vejiga crearía la pornografía, sin pensar que así se contradice a sí misma.

La fórmula de tensión y carga reunió ideas que se me habían presentado anteriormente durante el estudio de la biología clásica. Su exactitud teórica debía ser comprobada. En cuanto a la parte fisiológica, mi teoría estaba verificada por el conocido hecho de las contracciones espontáneas de los músculos. La contracción muscular puede ser producida por estímulos eléctricos. Pero también ocurre cuando —como Galvani— se lastima el músculo y se conecta la extremidad cortada del nervio con el músculo en el punto de la herida. La contracción es acompañada por una corriente de acción medible. En un músculo lastimado hay además una corriente normal. Ésta puede observarse cuando se conecta el medio de la superficie muscular con el extremo lastimado mediante un conductor, un alambre de cobre, por ejemplo.

El estudio de las contracciones musculares ha sido un importante campo de investigación fisiológica desde hace varias décadas. Yo no podía comprender por qué la fisiología muscular no se vinculaba con los hechos de la electricidad animal general. Si se juntan dos preparaciones neuromusculares en forma tal que el músculo de una toca el nervio de la otra, y se hace contraer el primer músculo mediante la aplicación de una corriente eléctrica, el segundo músculo también se contrae. El primer músculo se contrae en respuesta al estímulo eléctrico y desarrolla por sí mismo una corriente de acción biológica. Ésta a su vez obra a modo de estímulo eléctrico sobre el segundo músculo, el que responde con una contracción, desarrollando así otra corriente de acción biológica. Dado que los músculos del cuerpo animal están en contacto entre sí y conectados al organismo total por medio de los fluidos corporales, toda acción muscular tiene forzosamente que ejercer una influencia estimuladora sobre el organismo total. Tal influencia variará, desde luego, según la situación del músculo, el estímulo inicial y su fuerza; pero siempre hay una influencia sobre el organismo total. La contracción orgástica de la musculatura genital es un prototipo de esa influencia; es una contracción tan potente que se transmite al organismo entero. Acerca de este punto nada podía encontrarse en la literatura; sin embargo, parecía que era de importancia decisiva.

Un examen detallado de la curva de acción cardíaca confirmó mi presunción de que el proceso tensión-carga también rige la función cardíaca en forma de una onda eléctrica que corre desde la aurícula el ápice. Un requisito previo para el comienzo de la contracción es que la aurícula se llene de sangre. El resultado de la carga y descarga es la propulsión de sangre a través de la aorta debido a la contracción del corazón.

Las drogas que aumentan de tamaño en el intestino tienen un efecto catártico. Ese aumento de tamaño actúa sobre los músculos como un estímulo eléctrico: se contraen y relajan en una onda rítmica, vaciando así los intestinos. Lo mismo sucede con la vejiga urinaria: se llena de líquido, lo que conduce a la contracción y vaciado del contenido.

Esa descripción contiene un hecho fundamental de extrema importancia, que puede servir como paradigma para la refutación del pensamiento teleológico en biología. La vejiga urinaria no se contrae “con el fin de cumplir la función de orinar” a causa de una voluntad divina o poder biológico sobrenatural; se contrae en razón de un sencillísimo principio causal: porque su llenado mecánico produce contracción. Este principio es aplicable a cualquier otra función. No tenemos relaciones sexuales “con el fin de producir hijos”, sino porque la congestión de fluido produce una carga bioeléctrica en los órganos genitales y presiona para ser descargado. Esto es acompañado por la expulsión de las sustancias sexuales. En otras palabras, no se trata de la “sexualidad al servicio de la procreación”, sino de que la procreación es, en sí, un resultado incidental del proceso tensión-carga en los genitales. Este hecho constituye una desilusión para los adherentes a una filosofía moral eugenésica, pero sin embargo es un hecho.

En 1933 leí un trabajo experimental publicado por el biólogo berlinés Hartmann. En experimentos especiales relativos a la sexualidad de los gametos, demostró que la función masculina y femenina en la cópula no es fija. O sea, que un gameto masculino débil puede actuar como femenino frente a un gameto masculino más fuerte que él. Hartmann no contestaba la pregunta acerca de qué es lo que determina el agrupamiento de gametos del mismo sexo, su “cópula”, si se quiere; presumía que se debía a “ciertas sustancias, aún desconocidas”. Me percaté de que se trataba de un asunto de procesos eléctricos. Algunos años más tarde me fue posible demostrar el mecanismo del agrupamiento mediante un experimento eléctrico con los biones. Son las fuerzas bioeléctricas las causantes del hecho de que el agrupamiento en la copulación de los gametos se efectúe de un modo determinado y no de otro. Al mismo tiempo recibí el recorte de un diario en que se hablaba de unos experimentos realizados en Moscú. Un hombre de ciencia (cuyo nombre no puedo recordar) había demostrado que las células ováricas y espermáticas resultan en individuos masculinos y femeninos, respectivamente, según su carga eléctrica.

Por lo tanto, la procreación es una función de la sexualidad, y no a la inversa como se había creído hasta entonces. Freud había postulado lo mismo en punto a la psicosexualidad, cuando separó los conceptos de “sexual” y “genital”. Pero, por razones que nunca llegué a comprender, volvió a colocar la “genitalidad puberal” al “servicio de la procreación”. Hartmann suministró, en el dominio de la biología, la prueba de que la procreación es una función de la sexualidad, y no viceversa. La consecuencia de tales descubrimientos para la evaluación moralista de la sexualidad es notoria. Ya no es posible considerar la sexualidad como un subproducto desagradable de la preservación de la raza. Yo estaba en condiciones de agregar un tercer argumento, basado en estudios experimentales realizados por diversos biólogos: la división del huevo, al igual que la división de las células, en general, es también un proceso orgástico; sigue la ley de tensión y carga.

Cuando el huevo es fertilizado y ha absorbido la energía del esperma, en el primer momento se pone tenso. Absorbe fluido y su membrana se vuelve tirante. Ello significa que la presión interna y la tensión superficial aumentan en forma simultánea. Cuanto mayor es la presión dentro de esa vejiga, representada por el huevo, tanto más difícil es para la superficie el “mantenerla intacta”. Esos son aún procesos que se originan enteramente en la antítesis entre la presión interna y la tensión superficial. Una vejiga puramente física, si se expandiera más, estallaría. En el óvulo, en cambio, comienza un proceso característico del funcionamiento de la sustancia viva: el estiramiento se torna contracción. El crecimiento del óvulo se debe a la absorción de fluido y puede llegar solamente hasta un punto determinado. El núcleo comienza a “radiar”, o sea a producir energía. Gurwitsch dio a ese fenómeno el nombre de “radiación mitogenética” (mitosis significa división del núcleo). Más tarde aprendí a juzgar la vitalidad de los cultivos de biones, observando el grado de ciertas clases de radiación en su centro. En la célula el llenado excesivo, es decir, la tensión mecánica, es acompañada por una carga eléctrica. Llegado a un determinado punto, la membrana comienza a contraerse; ello sucede en la mayor circunferencia de la esfera y en el punto de máxima tensión; éste es el ecuador, o un meridiano cualquiera, de la esfera. Como puede observarse fácilmente, la contracción no es gradual y pareja, sino un proceso de lucha y conflicto. La tensión en la membrana se opone a la presión desde adentro, la que se torna cada vez más intensa. Se observa con facilidad cómo la presión interna y la tensión superficial se acrecientan mutuamente. Esto resulta en una vibración, ondulación y contracción visibles:

Fórmula del orgasmo e

La indentación avanza más y más, la tensión interior continúa en aumento. Si la célula pudiera hablar, expresaría angustia. Sólo existe una manera de aliviar esa presión interior (aparte del estallido): la división de la vejiga grande con su superficie tensa, en dos vejigas más pequeñas en las que el mismo contenido de volumen está rodeado de una membrana mucho más grande y en consecuencia menos tensa. La división del huevo, por lo tanto, corresponde a un proceso de relajación. El núcleo, en su formación fusiforme, ha pasado anteriormente por el mismo proceso. Esa formación fusiforme es considerada por muchos biólogos como un fenómeno eléctrico. Si pudiéramos medir el estado eléctrico del núcleo después de la división celular, lo más probable es que encontráramos una descarga. La “división por reducción”, en que la mitad de los cromosomas (que se han duplicado en el proceso de formación fusiforme) han sido echados hacia afuera, apuntaría en esa dirección. Cada una de las células hijas contiene ahora el mismo número de cromosomas. La reproducción se ha completado.

La división de las células, por lo tanto, también sigue los cuatro tiempos de la fórmula del orgasmo: tensión → carga → descarga → relajación. Es el proceso biológico más importante. La fórmula del orgasmo, en consecuencia, puede ser llamada la “fórmula de la vida”.

Durante aquellos años no quise yo publicar nada de todo esto. Me limitaba a hacer insinuaciones en presentaciones clínicas y sólo publiqué un pequeño trabajo, Die Fortpflanzung ais Funktion der Sexualität (1935), basado en los experimentos de Hartmann. El tema me parecía de tan decisiva importancia que no deseaba publicar nada al respecto sin antes llevar a cabo experimentos especiales que confirmarían o confutarían mi hipótesis.

La función del orgasmo, Wilhelm Reich.
Ediciones Paidós Ibérica, 1955. Páginas 213-223.
Primera edición en alemán: 1927.