Sobre el derecho a odiar

Debido a lo cargada que está la endopsique, lo primero que requiere este texto es una exención de responsabilidad:

Desde hace milenios, nuestras emociones están siendo manipuladas con mensajes que pretenden “enseñarnos” a amar y, al mismo tiempo, imponiendo tabúes en contra del odio. En cualquier caso, ¿qué animal humano sensato no sabe qué significa amar y qué significa odiar? ¿Acaso es necesario que alguien dicte cómo debe ser vivido el amor? ¿Y el odio? Todos los patrones que marquen cómo amar, mutilan la verdadera capacidad para amar, y lo mismo le ocurre a nuestra capacidad de odiar. ¿No resulta esta cuestión un tanto macabra y capciosa? ¿Por qué existen leyes morales que nos indican cómo sentir?

El sistema patriarcal en el que estamos inmersos ha dedicado, desde sus orígenes, unos esfuerzos ingentes a impedir nuestra capacidad de odiar. Si no, observa tu psique mientras lees estas palabras. Es fácil que encuentres un impulso a rechazar cualquier conversación en que aparezcan las palabras “odio” u “odiar”. Y si no, haz la prueba en cualquier reunión con tus amistades, mira las caras mientras pronuncias estas palabras y verás lo que estoy diciendo. ¿Por qué se siente un rechazo instantáneo, compulsivo e incluso irracional cuando se habla de esto?

Conviene hacer un estudio etimológico antes de intentar ahondar en esta cuestión. Empecemos por la palabra “odio”. En este diccionario etimológico se puede encontrar que odio es algo parecido a “una fuerte aversión” o “un fuerte rechazo hacia algo o alguien”. Por lo visto, según Séneca “la ofensa exige un odio a la par”. Si vamos a la RAE, veremos que odio es “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Vaya, ya vamos ganando algo. Además de aversión también podemos desear el mal contra quien nos hace ese mal, lo cual es totalmente natural. O, ¿cuánto mal puedes sostener sin desear el mal contra quien te lo hace? O expresado de un modo equivalente según la RAE: ¿Cuánto mal puedes sostener sin sentir odio?

Este juego que planteo es una simple estrategia que nos puede aclarar la irracionalidad del rechazo generalizado que se siente cuando se pronuncia la palabra odio. ¿Acaso no deberíamos sentir placer cuando alguien expone su odio –igual que si expusiera su experiencia de amor–, debido a que esa actitud es un posicionamiento real ante una situación concreta de padecimiento de un daño? ¿Por qué la palabra amor está tan valorada y tan denostada la palabra odio? ¿Puede que este cliché impuesto sea una inserción de PNL con algún objetivo concreto? ¿Qué objetivo? ¡Vaya!, parece que las preguntas aumentan sin parar.

Si seguimos con alguno de sus equivalentes, nos encontramos con las palabras “ira” y  “enojo”. Si buscáis sus etimologías y sus definiciones de la RAE, veréis que son sinónimos de odio. Por ejemplo, la etimología de enojo es “estar en el odio” y la de la ira es “cólera, enojo”. Pertenecen al mismo campo semántico. La RAE justifica este hecho, diciendo que ira es “el sentimiento de indignación que causa enojo”.

Con lo cual, parece que es cuestión de gustos, puesto que todos sabemos que, cuando pronunciamos odio, ira o enojo, las reacciones de nuestros oyentes son muy dispares según utilicemos una u otra palabra. Bien, ¿por qué tildar a una de un modo y a su sinónimo de otro? ¡Qué interés con esta palabrita! “¡Solo hay una cosa más…!” –como diría el detective Colombo–, ¿por qué?

Desde el principio de esta web, hemos hablado de la mala influencia que las religiones abrahámicas ejercen sobre la endopsique, y las señalamos como el principal agente contaminador de nuestro buen vivir. La cultura es lo que da sentido a la humanidad, no hay cultura sin humanidad ni viceversa –esto ya lo expuso tenazmente Bronislaw Malinowski hace 90 años–. El patriarcado es un sistema impuesto por los padres de la iglesia, al menos en la cultura Occidental –y por otros “padres” en otras culturas–. Así, la cultura que respiramos es patriarcal y, por lo tanto, nuestro concepto de humanidad pasa por el filtro ideológico-cultural que esa doctrina decreta. Basta con descargar una bíblia digital y poner en el buscador la palabra odio. Yo lo he hecho y en Proverbios (10:12) dice que “el odio despierta rencillas, pero el amor cubrirá todas las transgresiones”. Vaya una forma de reprimir el odio y hacer del amor una tapadera para permitir que nos hagan daño. ¡Vaya una pandilla de estafadores!

A mí me gustan más las palabras de Piotr Kropotkin. En su libro La moral anarquista dice esto:

“Pero dejando a cada uno actuar como mejor le parezca, negando a la sociedad el derecho de castigar a quien sea y como sea, por cualquier acto antisocial que haya cometido, no renunciamos a nuestra facultad de amar lo que nos parezca bueno y odiar lo que nos parezca malo. Amar y odiar, porque solo los que saben odiar, saben amar. Nos reservamos eso, y puesto que ello basta a toda sociedad animal para mantener y sostener los sentimientos morales, bastará además a la especie humana”.

También admiro cómo Wilhelm Reich muestra la dinámica del orgasmo en su libro La función del orgasmo. Argumenta que el orgasmo es la única vía de expansión en todo organismo vivo, incluyendo las propias células del mismo. Dice que ejerce un equilibrio con el trabajo, es decir, con aquellos quehaceres que nos llaman la atención de un modo natural. El orgasmo intensifica la capacidad en las labores, ya sea cortar un tronco como cultivar la sensatez. Hago esta exposición con el objetivo de hacer un juego de sinónimos y sustituir el orgasmo por la libido y reemplazar al trabajo por la morbido. Así, desde la díada orgasmo-trabajo paso a la díada libido-morbido y, de ahí, a la combinación amor-odio. Todo apunta a que no podemos amar verdaderamente si no somos capaces de odiar con la intensidad que necesitemos.

Desde mi experiencia, y tras una necesidad madurada durante semanas de escribir este texto, quiero dejar mis primeras impresiones dentro de un tema que resulta muy delicado, tanto por el rechazo que provoca como por la verdadera dificultad de escudriñarlo. Ahí van:

  • El odio necesita tener la información suficiente de los hechos irrefutables para ser bien dirigido; y así su expresión se convierte en un acto tan legítimo como cualquier otro.
  • Es una emoción dinamizadora, te mueve hacia la dirección exacta que la desahoga, como cualquier otra emoción.
  • La conexión con la naturaleza, con Gaia, es más intensa, sutil y agradable en la medida que nos permitimos odiar –estamos más desahogados y por tanto centrados–. La medida del odio es la misma que la medida del amor. ¿Cómo es posible cultivar nuestra sensibilidad y, por tanto, el acceso a Gaia sin la capacidad de expresar una emoción concreta?
  • Solo a través de su expresión se puede relajar el malestar que lo origina.
  • El odio no es causante de nada, simplemente es una emoción. El odio no puede evitarse a sí mismo, es uno de los flujos naturales de nuestro sentir producido por unas condiciones muy concretas. Ahora nos sobran los motivos para odiar. Simplemente basta con estudiar la historia del ser humano con los ojos desnudos, sin nuestras máscaras impuestas.

Y para terminar, y entrando en mayores profundidades de la endopsique, dejo la siguiente sintaxis:

“La medida de tu conexión con Gaia es tu capacidad de odiar”

En la costa suiza de Javier Krahe

a 29 de KaliMa’17

JM


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